Ciencia y Tecnología

Cómo puedes pasar la prueba del polígrafo

polígrafo

Al parecer, la base era la autohipnosis.

Debes escoger un punto de la habitación y mirarlo fijamente. Controlar la respiración. Contar hacia atrás a partir de diez. Este tipo de técnicas sencillas te ayudan a lograr un leve estado de meditación y mantenerlo. Los detectores de mentiras, como el polígrafo, no distinguen entre la verdad y la mentira. Simplemente registran determinadas señales físicas –aumento del ritmo cardíaco y de la presión sanguínea, la respiración y la temperatura de la piel– que produce el estrés emocional de la mentira. Si uno es capaz de controlar estas respuestas, por lo que respecta a la máquina está diciendo la verdad.

Hice el test de prueba en Mobile, Alabama, a principios de agosto. Randy me llevó hasta allí en su coche. Se acercaba una tormenta veraniega y los enormes nubarrones cubrían el cielo de una luz gris, como tomas falsas de una vieja película en blanco y negro. La sensación de distancia, de estar dentro de una escenografía de película, me infundía calma, pero me resistí a dejarme llevar por la confianza. Me sentía cansado por culpa del estrés de la prueba y de trabajar en el taller y tal vez también a causa del medicamento para la alergia que mi madre me había recetado aquella misma semana. También me dijo que no tomara café aquella mañana, por temor a que la cafeína pudiera provocar un falso positivo en el polígrafo, así que no podía evitar sentirme levemente adormilado.

El sol se hizo un hueco entre las nubes justo cuando llegábamos a las oficinas de la compañía de seguridad y todo adquirió un nítido enfoque. Un escalofrío me recorrió la espalda hasta la entrepierna, y me pregunté si tendría tiempo de mear antes de la prueba. Un vigilante de seguridad con la cabeza rapada y cara inexpresiva abrió la puerta y nos hizo un gesto para que entráramos. Bajé del coche y aspiré una gran bocanada de aire del golfo: gasolina y césped recién cortado. Randy me dio una palmada en el hombro y me dio un apretón con su manaza.

–¿Estás listo, chaval? –me preguntó.

Entré sin responder. El tipo de la cabeza rapada me hizo firmar el registro de entrada y luego le dijo a Randy que había café recién hecho y me sugirió que me pusiera cómodo. Lo dejamos en la sala de espera y entramos en una sala que había detrás, un cubículo anodino con paredes empapeladas, la luz penetrante de los fluorescentes y un par de pósters enmarcados que alababan las bondades de la pesca y la caza en el estado de Alabama. El falso techo de paneles acústicos me resultó reconfortante. Las esquinas y juntas serían un buen punto donde enfocar la atención para la autohipnosis. Me servirían para controlar la respiración y enfocar la vista.

El polígrafo estaba encima de un escritorio de contrachapado en el centro de la sala. Era una caja rectangular, decorada con un montón de interruptores y botones que parecían sacados de la primera misión espacial a la luna y, en uno de los extremos, un rollo de papel milimetrado y tres agujas de tinta. Como todo el mundo, yo ya había visto aparatos similares en infinidad de películas y series de televisión. Era ridículo lo familiar que resultaba todo aquello.

Me senté y el hombre empezó a colocarme los sensores por todo el cuerpo: una banda para medir la presión sanguínea en un brazo, dos neumógrafos alrededor del torso para la respiración, y un galvanómetro en un dedo para registrar la temperatura de la piel. Me explicó para qué servía cada sensor, y me avanzó algunos detalles sobre la entrevista que me haría, además de recitar una serie de cláusulas de excepción de responsabilidad sobre falsos positivos. Traté de no pensar acerca de la mentira en que se basaba mi historia: había pagado por el LSD, pero mi libertad dependía de mi credibilidad al decir que no lo había hecho. Me preguntó si estaba preparado, y le dije que sí. Ya no me sentía tan nervioso, sino ligeramente impaciente. Estaba ansioso por empezar.

Lo primero que me pidió fue que mintiera. El polígrafo, al cual el especialista se refería como “ella”, necesitaba una mentira para determinar mi patrón de reacción. Me leyó mi dirección y me preguntó si era allí donde vivía. Le dije que no. Las agujas del polígrafo se movieron por el papel. Ya habíamos empezado.

Me invadió una extraña sensación de desapego mientras explicaba la historia del autoestopista. No dejé de mirar al techo hasta que los bordes de los plafones empezaron a dar vueltas. Sentía la sangre palpitar en el interior de mis oídos. La respiración subía y bajaba a intervalos regulares. Sentí una oleada de nauseas y mareo que despareció al poco tiempo, seguida por una irritante sensación de levedad, como si estuviera volando en sueños e hiperventilando a la vez. Por lo demás, todo me resultaba tranquilo y confortable. Le dije al especialista que aquel tipo me había ofrecido LSD y que yo lo rechacé. Que metió las láminas en un paquete de cigarrillos, lo puso en el cenicero del coche y que se le olvidó cogerlo cuando lo dejé en El Paso. En todo momento fui consciente de que estaba mintiendo. Pero aun así, las mentiras me producían una grata sensación de cansancio. Más agradable que abrumadora.

–¿Y bien? –me preguntó Randy cuando entré en la sala de espera.

–Quién sabe.

A los pocos días, mi madre tuvo noticias de la compañía de seguridad. Había pasado el test.

En 1730, Daniel Defoe (célebre por ser el autor de Robinson Crusoe) publicó un breve tratado titulado Un manual efectivo para prevenir de inmediato los robos callejeros y eliminar toda clase de altercados nocturnos . “Existe un temblor en la sangre del ladrón”, escribió; la policía haría bien de “agarrarlo [al criminal] de la mano y tomarle el pulso, pues allí encontrará su culpabilidad”. Ciento sesenta y cinco años después, un médico y criminólogo italiano de nombre Cesare Lombroso modifico un hidroesfigmógrafo –un antiguo instrumento médico que se usaba para medir el pulso mediante el desplazamiento de agua– y lo usó para detectar los cambios fisiológicos que se producían en los sospechosos durante los interrogatorios de la policía. No fue hasta el 2 de febrero de 1935 que se usó el polígrafo por primera vez como prueba forense, en un juicio por asesinato en Wisconsin. (Aquel año se cumplía el 80 aniversario.) Aquel detector de mentiras se usó para discernir si el acusado había matado –a sangre fría– al sheriff.

Por supuesto, aún existen grandes dudas sobre la fiabilidad de los detectores de mentiras. En 1984, un hombre llamado Gary Ridgway fue interrogado por el asesinato de una mujer y pasó con éxito un detector de mentiras, mientras otro hombre que no lo superó fue considerado sospechoso, si bien no se lo llegó a condenar. Veinte años después, Ridgway confesó el asesinato; entretanto, había asesinado a siete mujeres más. En 1986, en Wichita, Kansas, un tal Bill Wegerle vio cómo toda la comunidad le marginaba después de que no fuera capaz de pasar el test del polígrafo por dos veces después de que su mujer fuera asesinada. Más tarde, un test de ADN lo exculpó y desveló que el culpable de la muerte de su esposa había sido el asesino en serie Dennis Rader. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, al menos seis espías del gobierno de Estados Unidos han pasado con éxito el polígrafo mientras actuaban como agentes dobles. En 1998, el Tribunal Supremo dictaminó en el caso de los Estados  Unidos contra Scheffer que “sencillamente no existe consenso alguno de que el polígrafo sea una prueba fiable”; en 2003, la Academia Nacional de las Ciencias declaró que las investigaciones sobre el polígrafo eran “poco fiables, acientíficas y tendenciosas”. A pesar de ello, cerca de 70.000 aspirantes a entrar a trabajar como funcionarios del gobierno federal deben someterse cada año a detectores de mentiras, y el FBI, la CIA y departamentos de policía como el de Los Ángeles usan polígrafos para interrogar a los sospechosos.

Localizar en tu propio cuerpo el engaño y la mentira es un concepto extraño. Así es como la premisa básica del polígrafo desvela su gran contradicción: la verdad y el autocontrol no son los mismo. A pesar de ello, la idea de ser capaz de detectar las mentiras disfruta de muy buena fama. El polígrafo no nos dice nada sobre la esencia de la honestidad, pero si no pasas la prueba significa que eres un mentiroso. Es un gran embrollo lógico. Para convencer a alguien de tu sinceridad, debes mantener una apariencia de honestidad; y ello requiere cierto grado de engaño; lo cual es deshonesto, por mucho que digas la verdad.

Por Theodore Ross.

 

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